besa a la cocinera

Buenas, amables desconocidxs,

Espero que estéis cómodamente sentadxs, porque esto va a ser larguillo.

Me llamo Gema, tengo 44 pa’45, soy andaluza, de Cádiz para más señas, y tengo una hija adolescente, un perro y dos gatos, que son lo que más quiero en el mundo (a los 4, sí). También soy vegana desde hace un año más o menos, aunque ya era vegetariana desde el 95, aprox., si hablamos de práctica. Si hablamos de corazón, vegetariana soy desde que entendí que para que yo me comiera un pollo antes tenía que venir un señor y retorcerle el cuello. Aun así, hasta el 95 me obligaron a comer “de todo”. De todo menos verdura. No fue hasta el verano del 96, cuando dejé la casa de mis padres para irme a vivir con mi entonces pareja, que empecé a probar cosas como la cebolla, la lechuga, el pimiento, el calabacín o la berenjena (que decidí que no era para mí). Yo por aquel entonces no cocinaba. A mí lo que me gustaba era comer. Y como tenía una pareja que venía de familia de taberneros, al que le encantaba cocinar y le encantaba yo, pues solucionao. A mí, con que lo que fuera llevara queso y no llevara ni carne ni pescado, me valía. Porque otra cosa no, pero yo AMABA el queso. Mi historia con el queso bien podría haber protagonizado una copla. Tenía un cajón en el frigorífico que era sólo para quesos. Quesos italianos para ser más precisa. Y a mí me parecía el cajón más bonito del mundo. Claro que por aquel entonces yo era de las que pensaba que las vacas, las ovejas y las cabras simplemente “daban” leche y que no les hacía ningún daño consumiéndolo porque, total, no me las comía.

Entonces pasaron tres cosas importantes en mi vida.

La primera, que me enamoré de otra persona y dejé a Chema, mi marido, padre de nuestra hija y, en lo que a esta presentación concierne, cocinero oficial de la familia. Aquello lo pude sobrellevar más o menos bien (culinariamente hablando) porque aunque yo no supiera ni freír un huevo, descubrí que podía seguir siendo vegetariana a base de congelados, platos precocinados y comida a domicilio. Mi alimentación entonces pasó a resumirse en pasta, pizzas, patatas fritas, falafel, más pasta, camembert rebozado al horno y, en general, queso a cascoporro.

La segunda, como 7 años después de separarme, que una amiga de feisbuk empezó a subir fotos muy feas de vacas muy tristes y de terneros aún más tristes y de gallinas que daban mucha penica y vídeos de pollitos macho que rodaban por una cinta trasportadora para acabar cayendo vivos en una maquina trituradora, asegurando que quienes consumíamos huevos y lácteos éramos lxs responsables de todo aquello. Y fue una mierda. Una mierda gorda además. 43 años convencida de que la leche la daban vacas (léase ovejas y cabras) que pastaban junto sus terneritos en un campo florido y regalaban la que les sobraba para que gente como yo le pusiéramos queso hasta al café, y de la noche a la mañana me entero de que no. De que la leche se la roban. De que las inseminan artificialmente para que al dar a luz la produzcan. Y así una y otra y otra vez hasta que mueren de agotamiento. De que a los terneros los separan de sus madres recién nacidos para que no se beban esa leche que debería ser para ellos y así nos la podamos tomar nosotrxs. De que si son hembras, esos bebés seguirán los pasos de las vacas “lecheras”, y si son machos acabarán en el matadero antes de los 15 meses. Y de que mientras pasa lo uno o lo otro, mugen, porque echan de menos a sus madres y su instinto les hace buscarlas desesperadamente pero no pueden porque están aislados entre barrotes. Porque las vacas son seres muy inteligentes y sociables, pero eso a la industria láctea se la pela porque para ellos son sólo cosas. Y una vez que se te cae la venda de los ojos puedes hacer dos cosas: mirar para otro lado y seguir alimentándote exactamente igual, o tomar conciencia y cambiar tu modo de comer. Yo elegí la segunda. Total, hacía siglos que no comía carne ni pescado y jamás los echaba de menos. Dejar la miel, los huevos y los lácteos no podía ser tan difícil. JUAS.

Y, más por necesidad que por otra cosa, empecé a buscar en blogs y en foros de cocina vegana, que era algo que hasta el día antes no sabía ni que existiera. Y me acerqué a  Red Verde (en la calle Relator, Sevilla) y le dije a su dueña: “hola, quiero hacerme vegana pero no tengo ni idea de por dónde empezar ¿qué me recomiendas que me lleve? Echo muchísimo de menos el queso”. Y me habló de los quesos veganos, de las hamburguesas de avena, de que había una especie de harina que si la mezclaba con agua salía algo parecido a la carne llamado seitán, de la quinoa, que nutricionalmente hablando era la hostia en verso, del tofu, de la levadura nutricional, de esto y de lo más allá. Y salí de la tienda con una bolsa llena de cosas procesadas, medio kilo de gluten de trigo y unos tomates ecológicos que me regaló, sintiéndome un poco como Harry Potter cuando aparece un señor enorme de barba poblada y le explica que existe un mundo lleno de magia y que él lleva toda su vida viviendo en un mundo de muggles (si no os habéis leído la saga de HP, dejad de leer aquí y poneos con el primero; ya me lo agradeceréis).

Mis primeros pasos en el mundo vegano fueron una cosa lamentable. La quinoa resultó no saber a nada. El seitán tampoco y además la textura no me gustaba. Al tofu mejor ni lo nombro. Las hamburguesas vegetales eran carísimas. Pero lo peor llevaba era la ausencia de queso. Echaba MUCHO de menos el queso. Por si fuera poco, el resto de mi familia (pareja, hija y ex) sí seguía comiéndolo sin remordimiento, por lo que me tocaba ver cómo chorreaba desde sus trozos de pizza hasta la caja, mientras la mía estaba cubiera de una cosa que ni fundía ni na y que alguien se empeñaba en llamar mozzarella vegana. Cagonlaputa.

Dejar el queso fue lo más difícil. Tenía que haber elegío muerte, pensaba. Me pasaba el día con un monazo que te cagas, entre deprimida y de mala hostia. Hasta que un día, uno especialmente duro en el que estaba muy angustiada, me pedí una pizza. Eso fue en febrero. De este año. Y me la comí, notando cómo Nacho, mi pareja, y Paula, mi hija, me miraban de reojo para ver qué cara ponía. Pero aunque aquella pizza debió haberme sabido a gloria, no fue así. Por alguna razón se me hizo bola. Era queso. Queso de verdad. Fundía. Pero en mi cabeza sólo podía pensar que en algún lugar del mundo habría un ternero llamando a su madre desesperado porque yo necesitaba comerme una pizza. Después de aquello no volví a probarlo. Y, lo más increíble, dejé de echarlo de menos. Podía verlo en la mesa, en el frigo, en las pizzas de los demás, que no me llamaba. Y hasta hoy (me encanta que los planes salgan bien 🙂 )

Más o menos por aquella fecha, quizá un poco antes, descubrí el blog de Olga. Yo ya había hecho mis pinitos: albóndigas de avena y calabaza, un par de cremas que no estaban mal, seitán bañado en salsa para que supiera a algo… Pero realmente fue leer a Olga lo que hizo que empezara a disfrutar cocinando, no sólo comiendo. Lo que hizo que quisiera probar nuevas especias y nuevas texturas. Que empezara a invertir en ingredientes, a comprar cada vez menos cosas precocinadas, a necesitar una sartén buena para la verdura y un montón de botes para echar las legumbres. Entonces Olga anunció que iba a dar un taller. En Badajoz (qué mal me oriento yo, mari, qué le voy a hacer). No me lo pensé mucho, enredé a Nacho para que me llevara y pa’llá que nos fuimos. Y aquélla fue la tercera cosa importante. Porque fue en aquel taller donde me di cuenta de que yo lo que quería era aprender a cocinar así, me llevara el tiempo que me llevara. Tampoco Roma se construyó en un día.

famouslastwordsA raíz de entonces empecé a tomármelo de otra manera. Ya no era una cuestión de supervivencia, aquello me gustaba de verdad. Aprendí a hacer que la quinoa estuviese buena y el seitán comestible sin necesidad de bañarlo en salsa. Y empecé a hablar sobre veganismo en mi blog, el personal, sin importarme una mierda haberme convertido en eso que podríamos llamar una preachy vegan asshole. Y a comprarme libros preciosos con fotos cuasi pornográficas que dan ganas de lamerlas. Y a invertir en una Thermomix, en un exprimidor lento de zumos, en un germinador y hasta en una especie de vaso para hacer leches vegetales. Y a veces, cuando estaba en la cama, me ponía a pensar “¿y si le echo esto a este plato?”. Y al día siguiente iba y se lo echaba. Y a veces tenía que beber mucha agüita para poder tragármelo (porque si hay algo que odio es tirar comida) pero otras acertaba y me ponía muy contenta. Aunque cuando de verdad lo peté fue la semana pasada, cuando hice mi primera mozzarella vegana y FUNDIÓ. ¡¡¡FUNDIÓ!!! 🙂 .

A todo esto, Olga empezó empezó a decirme: “ábrete un blog de cocina“. Y yo: “¿otro?“, porque ya tenía dos. Y ella: “Sí, otro. Ábrete un puto blog“. Y yo no le decía nada, pero pensaba pa’mí pa’dentro: “qué necesidad habrá, con la de blogs que hay ya que además están súper bien… el tuyo sin ir más lejos”. Por no hablar de que me daba una pereza horrible. Y un poco de vergüencita también porque, a quién quiero engañar, en febrero estaba comiéndome una pizza como si no hubiera mañana, con su queso y tal, no nos olvidemos de ese detalle.

Pero hará cuestión de días una amiga me dijo (espero que no le moleste que la cite): “Me tienes que enseñar a cocinar. Lo estoy pasando mal porque no puedo seguir comiendo animales y no sé cómo sustituirlos en los guisos“. Y a los dos días, la mamá de la que hablaba en mi primera entrada me pidió mi receta del no pollo para su hijo. Y yo no creo en una señal, pero en dos… Y si Olga, que tiene el blog que más me gusta del mundo, lo veía, lo mismo tenía razón. El tiempo lo dirá 🙂

Gracias a todxs lxs que habéis leído hasta el final. Es un tochazo, lo sé, pero ya que me ponía…

Muchísimas gracias también a Kalashniköv que, sin conocerme de nada, me ha mandado una portada preciosa para el blog y además me la tuneado para que encajara y para que fuera verde 🙂

Y por supuesto, muchísimas gracias a Olga no sólo por todas las dudas que me resuelve siempre que recurro a ella, ni por animarme a abrir este blog; gracias sobre todo por estar ahí este verano que no ha sido precisamente fácil.

ACLARACIONES:

* Los comentarios están moderados. Éste no pretende ser un espacio para debatir sobre si comer productos de origen animal es necesario o no. No lo es y eso está más que demostrado. Fin de la discusión. Es un espacio para compartir recetas y trucos de cocina, siempre sin crueldad animal de por medio. Eso no quiere decir que éste sea un blog para vegans. Bienvenidxs sois todxs, vegans y muggles (no vegans), siempre que lo hagáis desde el respeto y el buen rollo. Si por el contrario venís aquí a dar lecciones de nutrición o a contarnos que las plantas también sienten, acordaos de cerrar por fuera cuando salgáis.

* Siempre que ponga una receta intentaré detenerme en cualquier ingrediente que le pueda sonar a chino a alguien que esté empezando a transitar hacia el veganismo. Si pongo marcas concretas o las recomiendo es porque realmente las uso y creo que merecen la pena.

* Esto NO es un blog de nutrición. Yo de nutrición sé lo mismo que de alemán. Niente. Si queréis consejos sobre nutrición os recomiendo seguir este blog o este otro. También os recomiendo el libro “Vegetarianos con Ciencia” de Lucía Martínez y si lo que queréis es atención personalizada, que contactéis con el centro ALERIS, en Madrid. Y no, no los conozco, ni los tengo de amigos en feisbuk ni nada, simplemente los sigo y me parece gente muy seria que sabe de lo que habla.

* También enlazaré blogs que me parezcan interesantes, webs donde comprar productos veganos, etc. De entrada os recomiendo MUCHO que entréis en veganizando. Y no sólo porque tenga recetas increíbles, ni por cómo las explica, que también. Os lo recomiendo porque no es sólo un blog de cocina. Hay teatro, gatos, libros, gatos, reflexiones sobre la vida, gatos, música… ¿he dicho gatos?. Y todo sin una falta de ortografía. Canela fina. En serio, ponedlo en vuestras barras de marcadores. De nada.

6 pensamientos en “besa a la cocinera

  1. Jo, ¿pues sabes que a mí cuanto más me releía (porque soy muy de releer y reescribir) la parte en la que hablo de mí, menos me gustaba? Pero, oye, si te ha gustado a ti, ya me quedo más tranquila 🙂
    Esta semana va a ser un puto infierno. Pero en cuanto pase, empezará a refrescar. Y ya te habrá llegado la Chufamix y el germinador y te voy a echar de menos por aquí porque no vas a tener tiempo pa’na, pero también me voy a alegrar porque vas a subir un montón de recetas chulas 🙂
    Yo he dejado soja en agua para hacer leche mañana. Ojalá esté buena, porque es la que más uso para cocinar. Ya te contaré.

    Me gusta

  2. Ahora sí, Gema, qué bien poder comentar!! 🙂 A mí lo que me pasa es que me enrollo en los comentarios, pero si no te importa…
    Ja, ja, yo también soy muy de releer y de cambiar una palabrilla, un acentillo, una frasesilla… Pero estoy de acuerdo con Olga en que te ha quedado muy bien y además es que lo cuentas como si estuvieras hablando. Creo que llega mucho.
    Ah! la leche de soja, si es la primera vez que la haces, échale un poco de paciencia, no sé qué receta tienes, pero en la que yo hago (puedes ver en mi blog: http://lascosasderocioblog.blogspot.ch/2015/04/leche-de-soja-casera.html) tienes que tener cuidado de que no se vaya, porque se arma una guarrada del copón y huele toda la casa a soja quemada, y luego ponte a limpiarlo… y todo por no poner un poco de cuidado, así, que taza en mano y a esperar 20 minutos (te sirve para meditar, que nunca viene mal). Luego, la leche de soja que te sale no sabe en absoluto a la que compras, tiene un sabor mucho más intenso y aguanta menos en la nevera (porque no está pasteurizada). Lo que sí queda es la satisfacción de haberla hecho tu misma y el resto de okara (la pulpa que queda al colar la leche) que te sirve para hacer cosas varias, como galletas, hamburguesas o pan (también puedes ver una receta de pan en mi blog: http://lascosasderocioblog.blogspot.co.at/2015/05/pan-de-molde-de-okara.html).
    Te avisé, me enrollo en los comentarios 😀

    Le gusta a 1 persona

  3. Buenas, Rocío

    Ante todo, muchas gracias por leértelo entero 🙂 Me alegro un montón de que te haya gustado y de que me avisaras de lo de los comentarios, jeje.

    Mañana sin falta tengo que dedicar un ratillo a leer tu receta de leche de soja y la de avena de Olga. De momento ha debido sonar la flauta porque me ha salido perfecta a la primera :). Eso sí, nada que ver con la de brick, y eso que la que compramos siempre es Yosoy, que diría que es de las mejores que hay. La receta que he seguido es de la página Leches Vegetales (.com, creo). El enlace está en la barra de la derecha. Tengo que mirar lo de la okara (qué palabra tan preciosa, ¿verdad?). Pan nunca he hecho pero tengo ganas de probar. Concretamente quiero hacer bagles.

    Muchísimas gracias por pasarte y por tu comentario. Estas cosas me hacen mucha ilusión 🙂

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s